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Full text of "Rimas y leyendas"

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71 


•^,1 

Y 





RIMAS Y LEYENDAS 


Melchor Pacheco y Obes 
(1809-1855) 


ADIOS 

Desprende el anda el bergantín velero, 
vuelve la espalda a la ciudad querida, 
y tranquilo contempla el marinero 
la blanca vela del noroeste henchida. 

Sobre las olas del inmenso Plata 
osada cruje la espumante prora; 
ay! del que en brazos de fortuna ingrata 
ve de su patria la postrer aurora! 

En el mástil un pabellón ondea, 
y el desterrado con dolor le mira! 

No es el de nueve fajas que flamea, 
amor del libre y del tirano ira! 

Cautivo va sobre extranjera nave 
a demandar al extranjero "tierra ” . . . 
Dios a la patria de la mancha lave! 

Le dé victoria en su gloriosa guerra! 

El alma siente estremecer de pena, 
que el llanto embarga su doliente voz; 
el hado injusto contempló serena; 
la abate sólo el angustiado adiós! 

# • • 

Adiós te doy, augusta patria mía; 

El te abra inmenso, bello porvenir. . . 

La triste vida, en la feral porfía, 
perdóname si en vano te ofrecí! 

¡Adiós! ¡adiós! suelo querido, en donde 
sentí de amor el inmortal poder; 
donde reside la divina hermosa, 
que las hermosas a sus plantas ve. 

Mi labio quiere recorrer tu arena, 
que allí ella posa su pulido pie, 
y luego nace la violeta suave, 
para besarle y hermosearse en él, 

mis brazos quieren estrecharte, suelo, 
porque ella viva y se reposa en ti: 
concha sin precio de tan rica perla, 
el cielo te haga sin cesar feliz! 


229 


Decirte ¡adiós! es apartarme de ella, 
de ella. . . el imán, el norte de mi ser: 
la armonía dulcísima de mi alma, 
la ilusión más dorada que formé! 

¡Guardamelá! como el umbroso bosque 
en medio al día guardará el frescor; 
como el pimpollo de la rosa pura 
guarda cuidoso su fragante olor. 

•Guárdamela! sobre sus ojos bellos 
jamás un grano de tu polvo dé; 
ni toque el cierzo de tu crudo invierno 
a los claveles de su fresca tez! 

Ante ella brille en esplendor tu cielo, 
y entre celajes de oro apaga el sol 
para que corran sus serenos días 
y el trueno no le asuste el corazón! 

Para admirarla en regalados sueños, 
abre el tesoro de tus ricas galas, 
y el lindo picaflor sobre su frente 
para darle frescor bata sus alas. 

Envíale tus brisas perfumadas 
en deliciosa esencia de azahar, 
y de su boca en la carmínea taza 
la almíbar pon que a tus manzanas das. 

¡Guardamelá! como la tierna madre 
al primer fruto de su casto amor, 
como ella guarda en su alma delicada 
blandas ideas, celestial candor. 

El viajador se acercará a tu orilla 

a los impulsos de su dulce fama: 

que en vano esconde su fragancia y nieve 

la flor del aire sobre la alta rama. 

Irá el poeta y el pintor altivo 
que de inmortales obtendrán el lema, 
de ignotos climas a admirar su encanto 
y a pretenderla por hermoso tema. 

¡Guardamelá! como el avaro ansioso 
guarda y esconde su mejor tesoro, 
como el Brasil sus esmeraldas ricas, 
como en mi pecho su beldad que adoro. 

¡Guardamelá! sobre su nivea frente 
jamás asome inquietador cuidado: 
dale ilusiones como el cielo hermosas, 
que de ella sean sin igual traslado! 

En ara pura de esplendor velada, 
guardamelá con amoroso afán! 

En derredor tus tórtolas entonen 
cantos de amor én nidos de arrayán. 


230 


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¡Yo te lo pido en lágrimas bañado! 

¿Será que en vano gemirá el dolor? 
Levantaré los ojos a otro mundo, 
y lo que a ti, demandaré a mi Dios. 

A Díos r que la ama como su obra hermosa, 
que quiso en ella su poder probar 
y la formó más bella que los seres 
que entre las nubes de su gloria están. 

¡Ay de mí! que por eso la amo tanto! 

No es para un paria tanta perfección! . . . 
¿Qué importa? siempre reinará en mi pecho, 
que gime penas al decirle ¡adiós! 


1844. 


Adolfo Berro (1819-1841) 

A D. Esteban Echeverría 

I 

Pulsa, poeta, tu enlutada lira: 
canta y resuene tu acordado acento 
cual coro celestial; 

la muerte, entonces, que feroz te mira 
veloce de tu rostro macilento 
la vista apartará. 

Canta, que el cielo te marcó en la frente 
para llenar en terrenal morada 
poética misión; 
y te dio la aureola refulgente 
del divino Querub, predestinada 
al genio creador. 

II 

Cuando por vez primera en mis oídos 
sonara melodioso 
" tu canto doloroso 
violento se agitó mi corazón: 

en lágrimas ardiente se empapara 
mi pálido semblante, 
y el labio palpitante 
rompió en voces de intensa admiración. 

En vuelo arrebatado de tu mente 
mi espíritu seguía, 
y absorto te veía 
luchar con espantosa realidad; 


231 


y en las puras regiones ideales, 
el alma con anhelo, 
correr tras el consuelo 
que negó a tu penar la sociedad. 

Mas que importa, poeta peregrino, 
aqueje tu existencia 
la bárbara dolencia 
que te arrastra a la puerta sepulcral; 

si en elevado acento te fue dado 
cantar cuanto atesora 
de ocaso hasta la aurora 
en su seno natura misterial? 

Acá en mi mustia frente, de María 
aun vive la memoria, 
y aquella hermosa historia (1) 
de su pura y fatídica pasión, 

Y del indio la tribu que recorre, 
cual nube pasajera 
en rápida carrera 

del yermo inhabitable la extensión. 

Graba, ¡oh poeta! tu pensar intenso 
en blancas hojas que creó del hombre 
el arte sin igual; 

y desde el Plata, de poder inmenso, 
al rico Tajo, de eternal renombre, 
tu verso ¡sonará: 

mientras en el suelo que nacer me viera 
y que circundan escarpadas rocas 
y un monte litoral, 

la mente falta de inmortal lumbrera, 
obscura, y llena de esperabas locas, 
mi vida pasará. 

Enero de 1840 . 

UNA MUJER EN LA TUMBA 

Al Sr. D. Melchor Pacheco y Obes. 

Hélasf que j'en ai vu mourir 
de jeunes filies! 

Cest le destín . II faut une 
proie au trepas. 

Víctor Hugo. 

Luz funeraria vierte 
mustio, fugaz destello 
sobre el ya rostro inerte 
que de lozano y bello 
fiero paró la muerte. 


(1) *'La Cautiva", poema de Echeverría. 

232 * 


Yace por siempre helada 
dentro ataúd profundo 
una mujer manchada 
que el Hacedor del mundo 
tornó en arcilla, en nada. 


Nadie eficaz consuelo 
diole con labio amante 
ni mitigó su duelo 
en el terrible instante 
de abandonar el suelo. 

Nadie doliente llora 

sobre su faz marchita; 

ni la piedad implora 

en oración contrita 

del Dios que el justo adora. 

Que en ese enjuto seno 
se aposentaba el crimen, 
desque el rubor ajeno 
pudo salvar el limen 
que lleva al desenfreno. 

Fue su ventura gota 
de matinal rocío 
que rudo viento azota, 
o que ferviente estío 
con seco rayo agota. 

Mientras creciera obscura 
bajo el paterno techo 
nunca pasión impura 
hizo latir su pecho 
con desigual presura. 

La vanidad maldita 
echóla luego al mundo 
que la inocencia incita 


para que el vicio inmundo 
deje su huella inscrita. 

¡Ay! la que amada prenda 
era del padre anciano 
dando al deseo rienda 
hizo en altar profano 
de su pureza ofrenda. 

Por el salaz camino 
corrió con suelta planta, 
pimpollo purpurino 
que insecto vil quebranta 
y arrastra el torbellino. 

¡Cuánta ventura insana, 
cuánto pesar impío 
abrigó el alma vana 
de ese cadáver frío 
que fetidez emana! 

¿Y esa, gran Dios, la hermosa 
es que brilló en él suelo, 
cual loca mariposa 
que remontando el vuelo 
cae en la mar undosa? 

Sí: que la diestra fuerte 
del hacedor del mundo 
el alma mía advierte 
en ese cuerpo inmundo 
que desecó la muerte. 

Agosto 15 de 1840 . 


YANDUBAYU Y LIROPEYA 


Siguiendo va por un bosque 
del Paraná renombrado 
a Yandubayu, cacique, 
el sanguinario Carvallo. 

Vuela el indígena, y sólo 
se para así que lejano 
de Juan Garay y su tropa 
ve al atrevido cristiano: 

entonces, cual tigre fiero 
que sobre el toro inmediato 
revuelve y la aguda zarpa 
clava en el cuello gallardo, 

él, esquivando la espalda 
de furibundo lanzaso, 
ha, con los brasos ñudosos 
a su enemigo aferrado. 


Tremenda lucha se traba, 
que son guerreros bizarros; 
y a su contrario dar muerte 
los dos al cielo juraron. 

Mil veces el indio fiero 
cree ya vencido a Carvallo: 
pero mil veces sin fruto 
le anuda al cuello los brazos. 

Rendido, en fin, al esfuerzo 
de aquel lugar tan extraño 
víctima ya del cacique 
era el soberbio cristiano: 

cuando del ruido avisada 
que hacen las voces de 
[entrambos, 
a despartir la pelea 
vino, con rápido paso, 


233 


la muy gentil Liropeya, 
india de rostro lozano: 
del Paraná rica perla 
que guarda el bosque callado» 

Por ella en castos amores 
se está el cacique abrasando; 
y por haberla ofreciera 
a grave empresa dar cabo: 

cinco terribles guerreros 
tiene a la lucha emplazados, 
pues ofendieron sus deudos 
y él ha jurado vengarlos. 

"¿Así te olvidas, cacique, 
de tus promesas? ingrato! 
¿Así en combates sin premio 
digno de tu heroico brazo 

la vida expones que sólo 
has de arriesgar en el campo 
donde, triunfante, de esposa 
debo ofrecerte la mano? 

¡Ay! deja, deja te ruego 
a ese enemigo soldado, 
y guarda, guarda tu esfuerzo 
para combate más alto". 

Dijo la india; y al punto 
soltó el cacique a Carvallo: 
de paz la diestra tendióle 
sin rastro alguno de enfado. 

De Liropeya así cumple 
Yandubayú los mandatos; 
luego tranquilos y juntos 
se van los dos retirando. 

Fresca y hermosa es la india, 
bien lo notó el Castellano 
que por salaces deseos 
y torpe saña llevado, 

hunde la espada traidora 
en el cacique preclaro, 
que cae sangriento y sin vida 
de Liropeya en los brazos. 

Como la tórtola blanda 
viendo a su amante llagado, 


por el mortífero plomo 
que le echó al suelo del árbol. 

Con nunca oídas querellas 
asorda bosques y llanos 
aun a piedad las entrañas 
del cazador excitando; 

así con voces sentidas, 
vertiendo fúnebre llanto 
sobre el cadáver que estrecha 
contra su seno torneado, 

la hermosa indígena increpa 
al matador inhumano, 
y a su maldito destino, 
que a tal desgracia la trajo. 

De allí llevarla procura 
con tiernos ruegos Carvallo: 
pero ella airada resiste 
sus seductores halagos. 

En fin, volviendo los ojos 
al desleal castellano, 

"seguirte quiero, le dice, 
si con tus ágiles brazos 

abres la fosa que encierre 
este cadáver helado; 
para que pasto no sea 
de los voraces caranchos". 

Lleno de impróvido gozo 
suelta la espada el villano, 
y empieza a abrir el sepulcro 
del que mató descuidado: 

en él le arroja y le cubre 
después con tierra y guijarros, 
y adonde está Liropeya 
vuelve contento sus pasos. 

Ella del suelo ligera 
el fuerte acero ha tomado, 
y al español inclemente 
fiera mirada lanzando, 

"abre otra fosa, le dice, 
oh maldecido cristiano", 
y con la espada sangrienta 
se pasa el seno angustiado. 


234 


Agosto 24 de 1840 


Enrique de Arrascaeta 
(1819-1892) 

LA FLOR DEL DESIERTO 


II 

Le comprende y compadece, 
y cariñosa le ofrece 
rica miel. 

Une al suyo su destino, 
y su buen o mal camino 
va con él. 

Y todo por él lo deja. . . 
del dulce abrazo se aleja 

maternal; 

deja sus padres ancianos, 
sus amigos, sus hermanos 
y el país natal. 

Ora por sendas amenas 
alfombradas de azucenas 
de él va en pos, 
ora crucen entre espinas, 
yedra nacida entre ruinas 
son los dos. 

Y cuando fija en la mente, 
en el corazón doliente 

el alma lee, 

como en el cristal del río 
sus mustias hojas sombrío 
el sauce ve. 

Y al peso de la tristeza 
encorvada la cabeza 

al pecho trae, 
como flor descolorida 
por el cierzo combatida 
al suelo cae. 


Y bella flor de este suelo 
para su encanto creció. 

José Rivera Indarte. 

Dulce penetra el oído, 
el dulce acento querido 
al corazón, 

una bella flor le ofrece 
que en mil ensueños le mece 
de ilusión. 

Con un beso, castamente 
calma el ardor de su frente 
mundanal, 

y no bien su amado nombra 
desaparece la sombra 
funeral. 

Del mundo que le atosiga, 
las crueles penas mitiga 
y su dolor 

con suavísimas caricias, 
y le embriaga mil delicias 
con su amor. 

Viajeros yendo un camino, 
débelos un día el destino 
separar; 

si él traspasa la ribera, 
queda aquí su compañera 
a llorar. 

III 

Que eres lirio azul del cielo 
nacido en árido suelo, 
bello ser. 

Angel de este mundo yerto, 
sola flor de este desierto: 
eres mujerl 


Cerrito , 1844* 


235 


Juan Carlos Gómez 
(1820-1884) 

A ADOLFO BERRO 

Fue poeta e infeliz 
Berro 


Deja el guerrero escrita su memoria 
en el rastro de sangre de sus huellas; 
el poeta en sus lágrimas su historia, 
los que saben llorar la leen en ellas. 

El marca su vivir, en pos de un nombre, 
con horas de delirio y de aflicción, 
dichoso si las lágrimas del hombre 
señalan el compás de su canción. 

¡Pobre Adolfo! Tu vida fue un gemido, 
un gemido tan hondo y tan veloz! 

Si tan pronto en los tiempos se ha perdido, 
quedó en las almas eco de tu voz. 

Porque es un eco inmenso el sentimiento 
estrechamente a la existencia unido, 
y al sonar en los aires tu lamento 
los hombres que lo oyeron han sentido: 

y llorarán e inundará su llanto 
la rosa de la tumba en que reposas, 
y otro poeta elevará su canto, 
y el bueno sus plegarias fervorosas. 

¡Pobres nosotros! perdimos 
una esperanza tan bella, 
quedándonos en vez de ella 
sólo un recuerdo. . . no más. 

Perdimos en un momento 
con el porvenir de un hombre, 
la parte inmensa del nombre 
que debimos heredar. 

¿Quién llorará nuestros males 
llenándolos de consuelo, 
marcándonos en el suelo 
la senda de la virtud; 

con ese acento tan suave 
que nuestra alma suspendía, 
con esa triste armonía 
de su enlutado laúd? 

¿Quién a la infeliz ramera, 
a la huérfana, al mendigo, 
dirá palabras de amigo, 
dará esperanzas, como él? 


¿Quién a los hombres, valiente 
dará sarcástico ¡bravo! 
al ver llorar al esclavo 
reclinado en un dintel? 

Ellos vendrán a tu tumba, 
vendrán de tristeza llenos; 
el séquito de los buenos 
será tu elogio mayor. 

Feliz quien ha conseguido 
el llanto del desgraciado! . . . 

Aquel que nunca ha llorado 
no comprende su valor. 

Ellos vendrán y contarán tu historia 
al que lleve su paso por allí, 
y rendirá homenaje a tu memoria 
al oír, fue poeta e infeliz . 

Joven cual tú me perderé, sin duda, 
porque hay en mí un germen de dolor, 
porque yo siento una tormenta muda 
despedazar mi pobre corazón. 

Mas al recuerdo de la suerte mía 
nadie en el mundo verterá su llanto; 
sobre la losa de mi tumba fría 
ningún poeta entonará su canto. 

Setiembre 28 de 184L 


¿TE ASUSTA MI EXISTENCIA? 

¿Te asusta mi existencia, el mar en que navego, 
la tempestad continua que asalta mi bajel, 
y por mi vida elevas desconsolado ruego, 
perdida la esperanza de que me salve en él? 

No temas, tierna amiga, dentro del pecho siento 
el corazón más fuerte, más alto que ese mar; 
aunque la barca es frágil la vela ciño al viento, 
y en el timón batido firme la mano va. 

Si el huracán arrecia, y aligerar el leño 

me es fuerza a cada instante para poder vogar, 

iré arrojando al piélago, ya una ambición, ya un sueño, 

una afección querida, una esperanza más. 

Y he de llegar al puerto, he de pisar la orilla, 
al templo de la patria he de llevar honor. 

¿Qué importa que en la playa deje la rota quilla, 
si pongo en sus altares la vela y el timón? 


¿TE OLVIDARAS DE MI? 


Adiós! Y si es por siempre, 
adiós por siempre, Emilia! 
En este ingrato mundo 
los goces breves son, 
para el. viajero errante 
sin patria y sin familia, 
donde abrigar del tiempo 
su pobre corazón. 

Envuelto en las tormentas 
el pájaro del polo, 
recorre infatigable 
la procelosa mar: 
así sobre las ondas 
acongojado y solo, 
sin esperar descanso 
me lleva el huracán. 


Un presentimiento me 
dice que no le volveré 
a ver más . Emilia 

En tan inquieta vida 
hay sólo una dulzura: 
pensar que a los que amamos 
veremos otra vez; 
y en esa ilusión bella 
la copa de amargura 
ha derramado entera 
presentimiento cruel. 

Si es cierto, si está escrito 
que bajo extraño cielo, 
me cubrirá de olvido 
polvo extranjero así; 
privado de las lágrimas 
de la amistad de duelo, 
ay! tú también, Emilia, 

¿te olvidarás de mí? 


DESCONSUELO 

(En el álbum de un compatriota) 

Vas a cruzar el Plata — cuando veas 
. en el confín azul del horizonte 
la cabeza de un monte 
levantarse del mar; 
al rebosar de júbilo tu alma 
ante el nativo suelo 
juzga si es desconsuelo 
vivir sin patria en emprestado hogar! 

EN SU TUMBA 

Es esta, sí; Dios mío, la tumba abandonada, 
en donde yace polvo una mujer amada, 
que nadie en este mundo recuerda sino yo: " 
cubierta está de musgo, emblema del olvido, 
el mármol se abre en grietas, la yerba que ha crecido 
me oculta ya su nombre que el tiempo aún no borró. 

Y hermosa era en la tierra! la veo todavía 
pasearse como el ángel de la melancolía 
bajo los verdes sauces, que verdes aún están! 

La veo, sorprendida, mirarme placentera, 
al aire suelta en rizos la negra cabellera, 
sus grandes ojos negros de inmensa luz radiar. 

La veo, y en las auras oigo su voz vibrando, 
la huella del pie breve me muestra el césped blando 
a orillas de las aguas que no la espejan ya... 

Ay! todo está como antes en la naturaleza, 
apenas si ha teñido un viso de tristeza 
aquel azul del cielo de la felicidad. 


¿Quién me dijera, entonces, Elisa, vida mía, 
que nada en este mundo, que nada quedaría 
de tanta gentileza, de tanta juventud? 

¿Quién me dijera, entonces, que yo me resignara 
a renunciar la dicha de que era mi alma avara 
a soportar la vida que no acompañas tú? 


Y he recorrido el orbe, la cruz sobre mis hombros, 
y estoy junto a tu tumba, en medio a los escombros, 
de pie sobre las ruinas del derruido Edén; 
ruinas del vasto alcázar que una ambición alzaba, 
en donde los tesoros de mi alma acumulaba, 
y así del infortunio cedió al primer vaivén. 


¿Qué hicimos, inocentes, para expiación tamaña? 
¿Qué hicimos, pobres niños, para irritar la saña 
de ese tropel de bárbaros que nos lo derribó, 
de ese tropel de bárbaros que con sangrientas manos 
en delirante furia al pie de los tiranos 
honra, familia, patria y religión echó? 


¿Qué hicimos? Ser tú ángel, ungido de la gracia, 

que siempre hallabas bálsamo para cualquier desgracia, 

y nunca indiferente se te acercó un dolor; 

ser yo desde temprano sostén del oprimido, 

mi débil pecho de égida poner desprevenido 

no abandonar la víctima al sacrificados 


Quizá al morir fue el mismo tu triste pensamiento, 
mi nombre de tus labios quizá el postrer acento, 
y a la postrer imagen de tu existencia, yo! 

Quizá el Edén perdido en tu pupila inerte 
se bosquejó en un sueño, y en brazos de la muerte, 
acongojó tu alma el bien que no gozó! 


Tú perdonaste, mi ángel, y yo que en mí sentía 
la voluntad del fuerte, e indómita energía, 
capaz de un mar de sangre y de vengarte bien; 
me resigné a ser víctima por mantenerme bueno, 
del mundo acepté humilde el cáliz de veneno, 
y de punzante espina dejé ceñir mi sien. 


El sacrificio — estéril — , está ya consumado, 
el porvenir ha muerto, mi bien, y en el pasado 
sólo hay para mí espíritu un mundo de dolor; 
del corazón que amaste desangrará la herida 
mientras palpite, Elisa, mientras le quede vida 
para guardar memoria de tu divino amor. 


Sin ti, de mi calvario terminaré el camino, 
en la inclemente patria nos separó el destino, 
y ni aun la misma tumba nos unirá a los dos. 

Y tras la tumba, nada! . . . nada la mente alcanza, 
polvo que pisa el hombre, no hay más, no hay esperanza, 
polvo que lleva el viento y no llega hasta Dios! 


239 


SURSUM CORDA 


Alcemos nuestros tristes corazones! 
Rinde al dolor la fe que no vacila, 
manda parar al sol, y entre sayones 
y encima del Calvario está tranquila. 

De pie sobre el peñón, en un presagio 
abandonado el náufrago confía 
muy larga es ay! la noche del naufragio 
y brilla al fin de la salud el día. 

Aguila herida en la empinada cima, 
las alas tiende en doloroso vuelo, 
mira la inmensidad, el*$oí la anima, 
arroja sangre, y se remonta al cielo. 

Tiende al cielo tus alas alma mía, 
el Sol contempla de la vida nueva, 
aura de luz, de aroma, de armonía, 
mar de felicidad nos trae el día, 
ola de amor al porvenir nos lleva. 


Alejandro Magariños 
Cervantes (1825-1893) 

EL YACARE 

(Capítulo V de "Caramuru ’ ) 

Trasladada con su tía a la Estancia nuestra joven enferma, só- 
lo se ocupó de restablecerse lo más pronto posible para volver cuan- 
to antes a la capital. Acostumbrada a vivir en el seno de los pla- 
ceres, el campo, por más que la agradase, debía serle muy pronto 
insoportable. 

Sin más sociedad que la de doña Eugenia y la mujer del capa- 
taz ( * ) , los dos en el último tercio de su vida, y por consiguiente 
incapaces de adaptarse a sus ideas, a sus sentimientos y a su ma- 
nera de ver y concebir las cosas, no era extraño que echase de me- 
nos a cada instante a sus jóvenes y bulliciosas amigas, y a los fes- 
tivos tertulianos que frecuentaban su casa. 

Mediaba además otra circunstancia para que fuese más grande 
este vacío. Las dos señoras, que frisaban ya en los cuarenta y cinco 
abriles, eran frenéticas realistas , pertenecían al partido de los in- 
trusos, e intolerantes hasta el exceso, no consentían que prevaleciese 
sobre el particular otra opinión que la suya, y Lía, hija de un hom- 
bre que se había distinguido entre los más decididos patriotas en 
la lucha contra España, simpatizaba ardientemente con los pocos 
orientales que, fieles a sus principios, se negaban a plegarse al yugo 
de los usurpadores y rechazan con desdén las riquezas, las distin- 
ciones y honores que les brindaban en cambio de su apostasía. 


( * ) Administrador de U Estancia y encargado de hacer ejecutar las faenas rurales 
(Nota dei autor]}. 


240 


El marido de doña Eugenia pertenecía al número de los que 
desde un principio, traicionando a sus amigos y abandonando vil- 
mente al partido que los había sacado del polvo y dándoles impor- 
tancia personal y valor político, se adhirieron al nuevo gobierno. 
Vileza que la corte de Río de Janeiro recompensó generosamente, 
como todos los gobiernos débiles y menguados, confiriéndole el 
mando, o sea la comandancia general del departamento de Paysandú. 
Los camaleones políticos en todas partes y en todos tiempos ... el 
buen juicio del lector completará el período. 

Y hemos visto en el anterior capítulo cómo su esposa califi- 
caba a los patriotas, sin acordarse que su propio hermano lo era. 
El diccionario de la maledicencia se agotaba en sus labios cuando 
se hablaba de ellos. 

Lía, con su carácter franco, con su ingenuidad de niña, cuyo 
corazón simpático e imaginación de fuego se entusiasmaba por 
todo lo que era bello y noble en sí, no podía oír tranquila que se 
calumniase en su presencia a aquellos heroicos proscriptos, que, se- 
guidos de un puñado de valientes, desnudos, sin armas, sin recursos, 
perseguidos en todas direcciones, sin más amparo que su fortaleza, 
sin más aliados que la desesperación, sin más esperanza que encon- 
trar una suerte gloriosa en las lanzas de sus opresores, cuando no 
en un cadalso convertido en el lecho de su gloria, todavía hacían 
estremecer los desiertos y las ciudades, las montañas y las llanuras, 
los ríos y los bosques con su formidable grito de guerra: 

— ¡Libertad o muerte! 

Las hazañas de los intrépidos guerrilleros llegaban en alas de 
la fama hasta la capital, magnificadas por la distancia, y engrande- 
cidas por el misterio que los rodeaba. Tan pronto era un destaca- 
mento de mil hombres batidos por cien, como una división pri- 
sionera y pasada toda a cuchillo, o la toma de un pueblo, ora la 
sorpresa de un campamento. Luego, los vencedores desaparecían 
como por encanto, y no se volvía a hablar de ellos hasta que un 
nuevo rasgo de valor, que rayaba en fabuloso, venía a esparcir la 
alarma y a poner en movimiento las numerosas tropas lusitanas y 
brasileñas desparramadas por todo el territorio y dueños únicamente 
del suelo que pisaban. 

Acaso creerán algunos que mentimos o exageramos; pero lle- 
garon a infundirles tal espanto las partidas de montoneros, que 
huían de ellos los usurpadores al solo amago. Por regla general, 
no aceptaban el combate sino veinte contra uno. 

De esta manera las filas de los patriotas se fueron engrosando, 
y a no ser por la mala inteligencia y rivalidades de los jefes, es 
indudable que hubieran acabado con los intrusos, sin necesidad del 
refuerzo que más tarde les envió Buenos Aires. 

Los hombres, egoístas y mezquinos por lo común, o si se 
quiere, más expuestos a comprometerse, guardaban una prudente 
reserva, esperando ver más despejado el horizonte; no así el bello 
sexo, que acogía con el mayor entusiasmo las noticias favorables 
a ios rebeldes, las propalaba, mantenía correspondencia con ellos, y 
los proclamaba en voz alta beneméritos de la patria . 

Entre estos caudillos, modelo casi todos de audacia y heroísmo, 
Amaro, bajo el nombre de Caramurú, ocupaba tal vez el primer lu- 
gar. Su fama se había extendido, no sólo por los departamentos de 
Tacuarembó y Salto, teatro de sus primeros hechos de armas, si 
que también por las dos riberas del Plata y estados limítrofes. 

Los rumores que circulaban acerca de él eran muy extraños 
y contradictorios. Unos decían que era indio, otros mestizo o mu- 
lato, y no faltaba quien asegurase que era bastardo y que perte- 
necía a una distinguida familia de Río Grande ; pero lo cierto es 


que todos ignoraban su verdadero origen, y sólo sabían que era un 
gaucho, en toda la extensión de la palabra, que había despreciado 
por tres veces el grado de general y una crecida suma de dinero 
que le prometió el gobierno portugués con tal que se sometiese, y 
que no pudiendo iconseguirlo, había puesto a precio su cabeza 
ofreciendo cien contos de reís (*) al que se lo entregase vivo o 
muerto. 

lía había oído hablar muchas veces de aquel hombre extra- 
ordinario, y muchas veces se había llenado de entusiasmo y admi- 
ración al escuchar las cosas inauditas que se contaban de su arrojo, 
de su presencia de ánimo, de su indomable fiereza, de su desinterés, 
y del juramento que hiciera de sacrificar su vida en aras de la pa- 
tria o libertaria de sus opresores. Su viva imaginación se lo pin- 
taba con los más halagüeños colores, y estaba persuadida que le co- 
nocería en cualquier parte que le viere y le distinguiría entre mil 
personas antes que le dijeran su nombre. Lisonjera ilusión que la 
realidad debía desvanecer muy pronto... 

Como el médico le tenía recomendado el ejercicio por la ma- 
ñana, se levantaba muy temprano, y se iba a pasear con un libro 
en la mano por las márgenes del río, que quedaba a unas quinien- 
tas varas de la casa. 

Una vez, distraída con una novela que le interesaba en extre- 
mo, se alejó más que de costumbre, y sintiéndose fatigada, se sentó 
en el tronco de uno de los sauces que crecían a las orillas, y con- 
tinuó su lectura sin acordarse de la prevención qué le habían he- 
cho de no encaminarse nunca por aquel lado, cubierto de tupidas 
enredaderas, juncos altísimos y espesos cañaverales. 

Cuando más engolfada estaba, oyó a poca distancia un ruido 
seco y áspero, acompañado de un quejido lastimero que erizó sus 
cabellos y heló la sangre en sus venas. Estallaban las cañas huecas 
y se doblaban los crujientes juncos como si rodara por encima de 
ellos una pesada mole de bronce. 

Lía, pálida y temblorosa, trayendo a la memoria las aterradoras 
palabras de precaución que había olvidado, dejó caer de las manos 
el libro, y clavó sus espantados ojos en el paraje de donde parecía 
venir el ruido, que iba en aumento. 

Poco duró su incertidumbre; un grito desgarrador se escapó 
de su pecho, y sin saber lo que hacía, echó a correr, no para la 
estancia, sino en dirección a la selva. 

Un enorme yacaré, anfibio de la misma forma que el coco- 
drilo y tan feroz como él, seguía sus huellas, ora gimiendo como 
un niño, ora exhalando un sordo rugido, semejante al rechinamiento 
de una sierra cuando tropieza con un clavo u otro cuerpo que no 
puede partir. 

Este ruido, indicio de la cólera del animal cuando se le es- 
capa su presa, es ocasionado por el choque de sus mandíbulas, ar- 
madas de una triple hilera de dientes, tan afilados como los del 
tiburón. 

A los clamores de Lía, un hombre que parecía venir de la 
selva cerró espuelas a su caballo, y gritándole: "Corred a dere- 
cha e izquierda . . . serpeando" sacó sin pararse un pañuelo, y se lo 
ató por los ojos a su corcel, como acostumbran los picadores cuando 
su rocín, no sabemos si de hambre o de flaqueza, se empeña en re- ' 
troceder ante el toro. 

La aparición, y sobre todo, la advertencia del desconocido, no 
pudo ser más oportuna. El yacaré ganaba terreno por instantes, y 
la joven, oyendo cada vez más cerca el rumor de sus escamas al 


(*) Cien mil duros: hoy el conto en el Brasil sólo asciende a quinientos. [Nota 
del autor}. 


242 


arrastrarse por el suelo, y el chasquido de su gruesa cola que se 
movía a un lado y a otro como la pala de una canoa, sentía que 
se le agolpaba la sangre en el corazón, que inundaba su frente un 
sudor frío, y que una rigidez mortal paralizaba sus miembros y 
derramaba en todo su cuerpo el hielo de la muerte. 

— ¡Corred a derecha e izquierda. . . serpeando! repitió por se- 
gunda vez el desconocido, ya a cincuenta pasos, y haciendo girar 
por encima de su cabeza el arma de los gauchos, cuando quieren 
matar a un animal o a un hombre sin bajarse del caballo: la terrible 
bola perdida. (*). 

Lía ai verle, hizo un postrer esfuerzo, y obedeció instintiva- 
mente a aquella voz vibrante y poderosa, que le infundía nuevo 
aliento, resonando en sus oídos como el eco de un ángel que bajase 
del cielo para salvarla. 

Y la salvó en efecto, porque el yacaré, como todos los anima- 
les de su especie, corre con bastante rapidez en línea recta, pero 
teniendo que volver el cuerpo, es tardo y se le burla con facilidad 
variando al huir de dirección. 

No obstante, Lía estaba tan fatigada, que probablemente ha- 
bría sido víctima al fin del espantoso reptil, a no interponerse entre 
ella y él su libertador. 

Pasó éste a escape, y sin detenerse se inclinó y descargó un 
tremendo golpe en la cabeza del yacaré; pero la férrea bola, en vez 
de herirle en una de las concavidades de la frente, como pensó el 
gaucho, chocó con el capacete del cuello, y rechazada, resbaló a 
lo largo del espinazo. 

Al mismo tiempo el caballo, volviéndose de pronto, olfateó 
el caimán, y acometido de un temblor nervioso, se replegó sobre 
sus cuartos traseros, crispadas las piernas delanteras, enhiesto el cue- 
llo, erguidas las orejas, erizada la crin, y aspirando y despidiendo 
el aire con un ardiente y prolongado resoplido, insensible a la es- 
puela y aun a los golpes de bola que le descargaba el jinete, cual 
si hubiera echado raíces en la tierra. 

El yacaré, que estaba hambriento, fijó en él sus pequeños ojos 
de serpiente inyectados de sangre, se incorporó velozmente, y le 
clavó en el pecho sus dos garras, armada cada una de cinco pu- 
ñales, porque no merecen otro nombre las aceradas púas que las 
defienden. 

Caballo y caballero rodaron sobre la yerba: Lía dio un grito, 
alzó las manos al cielo, y cayó desmayada. 

Entonces tuvo lugar una de aquellas escenas horrorosas que 
sólo se ven en los bosques de América. 

El caballo quedó muerto en el acto, y a esto debieron su sal- 
vación Lía y el desconocido. El terrible anfibio le había abierto 
en el pecho una ancha puerta, por donde salía un raudal de negra 
sangre, que él bebía ávidamente sin reparar en los dos desgracia- 
dos que, tendidos a veinte pasos, sin conocimiento el uno y aton- 
tecido el otro por la caída, habrían podido pasar de su letargo a la 
eternidad sin oponerle la menor resistencia. 

Cuando el reptil se hartó de beber, metió su larga y aplastada 
cabeza por el pecho del caballo para devorarle las entrañas. El 
gaucho se levantó y conceptuando inútil la bola perdida, vista la 
imposibilidad de herirle en la cabeza, se le fue acercando cautelosa- 
mente, y con mano firme y certera le escondió en la juntura de una 
dé las patas delanteras la hoja de su puñal hasta el pomo, revol- 


( • ) La bola perdida es una esfera de bronce, hierro o piedra del tamaño del puno, 
forrada en piel de vaca, sujeta a un cordel para arrojarla hasta a doscientos pasos 
de distancia, o dar el golpe mortal sin soltarla. Es increíble la fueraa que lleva con 
el girar del brazo y la carrera del caballo. 


243 


viéndosela dentro el breve instante que tardó el yacaré en sacar la 
cabeza de los encuentros del caballo. 

El agresor, impasible y sereno, retrocedió dos pasos, y volvió a 
esgrimir la bola perdida. 

Esta vez el golpe fue más certero: la metálica esfera se hun- 
dió toda en una de las concavidades de la frente, y los sesos del 
animal asomaron al través de la rasgada concha. 

Iba el valiente gaucho a ultimarle con nuevos golpes, cuando 
el reptil comenzó a dar vueltas, desatentado y furioso, escarbando 
la tierra y arrojando sangre por la boca; de repente se detuvo, dio 
un rugido, acompañado de un fuerte sacudimiento, y agitándose 
con las ansias de la muerte, cayó de espaldas, encogió las patas, y 
expiró. Tenía partido el corazón. 

El vencedor corrió donde estaba Lía desmayada, la tomó en 
sus brazos, y la contempló algunos minutos con el embeleso de 
una joven madre que acaba de salvar a su primer hijo de una en- 
fermedad mortal. 

— ¡Qué bella es! murmuró; intenciones me dan de llevármela. . . 

Y giró la vista a su alrededor, como para cerciorarse de que 
estaban solos y podía impunemente realizar su intento. 

— ¡Pero es tan joven, continuó, tan delicada. . . y su aire, 
su traje, todo indica que pertenece a otra clase muy distinta de 
la mía... y sin embargo! 

El gaucho la seguía mirando irresoluto y dudoso; por fin, 
se dijo: 

— No, ¡sería una infamia! 

Lía abrió los ojos, y al verse en los brazos de un hombre, al 
tropezar con sus miradas fascinantes y abrasadoras, por un involun- 
tario impulso de pudor se cubrió el rostro con las manos, y trató 
de ponerse de pie. 

Comprendió él su deseo, y se apresuró a satisfacerlo. Lía le 
dio las gracias, y después de informarse muy minuciosamente de 
los pormenores que ignoraba y preguntarle si estaba herido, le 
suplicó la acompañase a la estancia, porque deseaba presentarle 
a su familia. 

— Gracias, hermosa niña; mil gracias, contestó él tristemente; 
y si de algún modo queréis recompensarme el corto servicio que 
he tenido la suerte de haceros, guardad el más profundo silencio 
acerca de nuestra aventura. 

— ¿Por qué? preguntó Lía sorprendida. 

— Por dos razones: la primera, porque os privaría en adelan- 
te de salir sola; y la segunda, porque no me conviene llamar aquí 
la atención de nadie. 

— ¿Seríais acaso uno de esos valientes que andan errantes y 
perseguidos por su noble amor al suelo que le vio nacer? 

— Tal vez, respondió el interpelado, sonriéndose del calor y 
entusiasmo con que se expresaba la joven republicana. 

— Pues entonces. . . 

— ¿Qué? 

— Veo que tenéis razón; seguiré vuestro consejo. 

— ¿Y no vendréis a verme alguna vez? 

— ¿Por qué no? repuso Lía con afabilidad. Me habéis salvado 
la vida, y no soy ingrata... Además, el motivo que os obliga a 
ocultaros es un título que os hace más digno de mi aprecio . , . 

Un relámpago de alegría iluminó el semblante varonil y me- 
lancólico del proscripto. 

— ¡Ah! exclamó; que no sea en esta, sino en otra parte del 
río. Este es un paraje muy peligroso, y no sé cómo os habéis atre- 
vido... 


— Me lo habían dicho, contestó Lía moviendo la cabeza, pero 
lo olvidé distraída con la lectura. 

Y dándose un golpecito en la frente, sacó del seno un pequeño 
reloj del tamaño de medio duro embutido de perlas, y añadió con 
el infantil candor y ligereza de una niña: 

— Ya son las diez, y me estarán aguardando para almorzar,. . 
Con que hasta mañana, ¿eh? . . . No vaya a venir alguno y nos 
encuentre juntos. 

El gaucho la acompañó en silencio, y cuando llegaron a los 
últimos cañaverales, se detuvo y estrechó y besó la mano que Lía 
le tendió con una sonrisa angelical y un afectuoso: 

— Adiós: hasta mañana a las seis. 

— ¡Adiós respondió él, siguió mirándola hasta que se per- 
dió de vista en el pequeño declive que formaba la cuchilla sobre 
la que estaba edificada la casa de la estancia. 

— ¡Qué hermosa, qué ingenua, qué inocente es! decía él al re- 
tirarse, mientras ella por su parte añadía: 

— ¡Qué gallarda presencia y qué aspecto tan agradable tiene! 
¡Qué valiente es! ¡Cuánto me gusta! ... De buena gana le trocaría 
por mi insulso conde. . . 

Y en verdad que no iba desacertada, porque Amaro, pues no 
era otro el personaje que ha figurado en todo este capítulo, aunque 
gaucho, valía mil veces más, física y moralmente, que el egregio y 
elegante D. Alvaro Abreu de Itapeby. 


Ramón de Santiago 
(1833-1907) 

LA LOCA DEL BEQUELO 

( Recuerdos de la Guerra de Nueve Años) 

En la enramada de un rancho viejo 
nido de gaucho, cerca del Yí 
guitarra antigua, tierna lloraba 
la triste historia que canto aquí. 

"¿Sabéis, paisanos, por qué ando errante 
bajo estos bosques del Bequeló? 

Me llaman loca; pero es mentira: 
es que no tengo ya corazón. 

Venid paisanos, venid conmigo, 
diré mi historia junto al fogón. 

¿Veis mis cabellos? Eran muy negros 
más que las alas del cuervo, más, 
están muy secos. . . tan blancos, blancos 
como las flores del arrayán. 

¿Veis estos ojos? No tienen vida 
pues antes puros como el cristal, 
fueron dos luces que se encendieron 
en una aurora del Uruguay. 

Tristes mis labios, son amarillos 
como el pellejo del butihá; 

¡ay! los tenía rojos y alegres 


245 


m 


59 


como el penacho del cardenal. 

Allá en la loma como un calvario, 
veréis ruinas y un triste ombú; 
fueron mi cuna, fueron mi estancia, 
fueron mi nido verde y azul. 

Cuando yo muera, clavad, paisanos, 
bajo aquel árbol mi humilde cruz, 
que allí murieron mis dichas todas, 
allí he perdido mi juventud. 

Tenía un esposo que ardiente amaba 
y un hijo bello que era mi Dios; 
ah, qué contenta perdiera el cielo 
¡si yo pudiese ver a los dos! 

Una mañana... ¡maldita sea! 
cuando esta guerra se pronunció, 
mi esposo tierno me dio un abrazo; 
llorando mucho a su hijo besó; 
pálido el rostro tomó su lanza, 
montó a caballo, triste partió. 

Aun me parece, lo ven mis ojos, 
de lejos lomas haciendo ¡adiós! 

¡Ay! mis paisanos, en ese día 
perdí un pedazo del corazón. 

Pasaron meses, pasaron años, 
llorando siempre, siempre peor, 
cuando una tarde que al hijo amado 
de mis entrañas contaba yo 
del pobre padre, que no volvía, 
la ausencia larga, su último adiós, 
cruzando un campo llegó un sargento, 
de su caballo se desmontó 
y al solo rayo de mi esperanza 
estas palabras le dirigió: 

¿Ves esta lanza? fue de tu padre; 
por su divisa bravo murió; 
tómala y vamos, no te demores, 
que en las cuchillas se duerme el sol. 
Llorando, mi hijo me dio un abrazo, 
montó a caballo y triste partió. 

¡Ay! mis paisanos, en esta tarde 
quedó mi pecho sin corazón. 

Ya van dos veces que las torcazas 
dulces arrullan en el sauzal, 
y los boyeros cantando alegres 
cuelgan sus nidos del ñandubay, 
pero no he visto más a mi hijo 
desde esa tarde negra y fatal. 

Allá en la loma, como un calvario, 
veréis ruinas y un triste ombú; 
cuando yo muera clavad, paisanos, 
bajo aquel árbol mi humilde cruz”. 

Esta es la historia que en la enramada 
de un rancho viejo cerca del Yí 
sobre las cuerdas estremecidas 
de una guitarra llorar oí. 

Y al escucharla, con honda pena 
mi labio trémulo triste exclamó: 

¡Ay! ¡Cuántas locas habrá en mi patria 
como la loca del Bequeló! 


246 


Aurelio Berro (1833-1901) 

LA PENA DE MUERTE 

Nace el hombre de espirita dotado 
que los resortes de su ser anime, 
y su alma, libre, movimiento imprime 
al cuerpo esclavo a su poder atado. 

En un instante de furor, cegado, 
el tosco mango de un puñal oprime, 
y el arma vil del asesino esgrime 
contra quien fue para su amor formado: 

huir la sombra de su crimen quiere 
y el castigo a la vez, ¡angustia vana! 

La ley severa su cabeza hiere. 

Tiende su vuelo el alma soberana 
el barro solo se deshace o muere; 

¡y se ha cumplido la justicia humana! 

José Pedro Varela 
(1845-1879) 

MEDITACION 

¿Quién mueve el corazón cuando se agita 
loco de amor, sediento de ventura, 
buscando en la mirada candorosa 
de una mujer que trémula suspira, 
algún rayo de luz que le ilumine 
y que su amor aliente; 
prestándole calor, como le presta 
a la agostada flor, el sol ardiente? 

¿Por qué en lucha incesante 
viven el corazón y la cabeza? 

¿Por qué el grito del alma enamorada 
encuentra siempre frío al pensamiento, 
sin que jamás alcance 
el rayo bienhechor de la esperanza 
a ahogar la voz de la razón severa, 
que nos dice incesante: 

"Haz que en tu pecho el sentimiento muera"? 

Esa lucha continua 
del sentimiento natural del hombre, 
que nos incita a amar con la cabeza, 
que nos pinta de negro colorido, 
los cuadros más hermosos 
que forja el corazón, si la esperanza, 
con su cándida luz nos ilumina, 
dándole a todo sonrosado tinte 
como el sol con su lumbre matutina. 

¿No es la lucha gigante, que sostiene 


247 


el alma con el cuerpo? ¿No es la idea 

del Creador, sublime, la que encierra 

el corazón, cuando de amor palpita; 

y que la mente encarcelar pretende, 

entre la trama vil de la materia, 

ansiando loca en su insaciable anhelo, 

que de Dios triunfe el hombre, y que la mente, 

nuevo Satán, se bata con el cielo? 

¿No es acaso una chispa desprendida 
del sublime Señor, que de su trono 
con su mano potente el mar sujeta, 
lo que llaman amor? ¿No es un recuerdo 
que guarda el alma del perdido cielo? 

¿No es un rayo de luz, que entre las sombras 

brilla de la existencia, 

como brilla después de la tormenta 

del polo entre la nieva 

la aurora boreal que el cielo argenta? 

Pero ¿es un beneficio el que nos hace 

ese Dios que impasible, 

contempla el sufrimiento de este mundo, 

cuando nos da el amor? ¿No será acaso 

para hacer más horrible la existencia 

que nos presta esa luz, que si un momento 

ilumina la vida 

desaparece luego 

y nos deja en el alma eterna herida? 

¿Pero existe el amor? Y aun existiendo 
¿es puro, es sacrosanto, como dice 
el corazón cuando de amor palpita? 

Si es un recuerdo que en el alma queda 
del cielo que perdimos, ¿por qué, entonces, 
es imposible amar, sin que encontremos, 
una mujer en quien se fije el alma? 

Y si es tan inocente 

como el hombre en sus sueños lo imagina 
¿por qué siempre va unido 
a ese cariño que de Dios llamamos, 
el deseo continua 

de poseer a la mujer que amamos? 

Perdóname, Señor, si un solo rayo 
de esa impiedad fatal que al hombre agita 
se abrigara en mi pecho! Es que perdido, 
al cruzar los senderos de la vida, 
he sentido mi alma hecha pedazos, 
y me acobarde mi dolor profundo! 

¿Qué píe no ha resbalado, 
y quién, Señor, no tropezó en el mundo? 

Perdóname Señor, si el fuego santo 
que pusiste en mi pecho un solo instante, 
loco desconocí. Mi amor y mi alma 
son tan puros, Señor, como ese cielo 
que tu grandeza y tu poder revelas; 
pero ni un eco encuentra mi cariño 
en la mujer que adoro: 
por eso me anonado, 
y de dolor y de tristeza lloro! 


248 




¿En qué noche, por lóbrega que sea, 
no brilla entre las sombras una estrella? 

Así en mi alma que el dolor abate, 
entre las sombras del pesar, intensas, 
con una luz que próxima a extinguirse, 
lanza apenas un pálido destello, 
brilla de la esperanza el faro hermoso 
que nos presta el Señor, como un consuelo. 

¡Bendito sea Dios que dentro el pecho 
ha puesto la esperanza, 
que nos presta al nacer su luz querida, 
y que aun vierte su lumbre bienhechora, 
al bajar al ocaso de la vida ! 


Juan Zorrilla de San Martín 
(1855-1931) 

EL ANGEL DE LOS CHARRUAS 


Era el ángel transparente 
que el indio libre adoró ; 
rayo de un astro doliente , 
el último, ¡ay! inocente 
de una raza que murió . 

I 

Fría cruzaba la brisa 
sobre un humeante chal, 
oreando sangre, de prisa, 
fría cruzaba la brisa 
como la hoja de un puñal. 

Llanto pidiendo a las hojas, 
lamentos al Uruguay, 
plañía tristes congojas, 
llanto pidiendo a las hojas 
del ombú y del ñandubay. 

Por la llanura esparcidos 
en sangrienta confusión, 
están los bravos caídos, 
por la llanura esparcidos 
sin fuego en el corazón. 

Las indiecitas huyendo 
solas y sin patria van; 
dejan sus toldos gimiendo, 
las indiecitas huyendo 
porque murió Zapicán. 
¡Cayó una raza inocente! 
;Sin dar un paso hacia atrás 


dobló la bronceada frente! 
¡Cayó una raza inocente 
para no alzarse jamás! 

II 

Oscura, como la sombra 
de una conciencia maldita, 
la noche los cuerpos muertos 
con su crespón envolvía; 
y palpitando en su seno 
como un alma que, perdida, 
llora buscando su forma, 
y al llorar canta y suspira, 
algo como una canción 
de triste cadencia rítmica 
casi al silencio y ai llanto 
y a la muerte parecida, 
se dilataba vibrando 
en aureolas de armonía. 


Las siluetas, de las lomas, 
con iluminadas líneas, 
poco a poco comenzaron 
a dibujarse indecisas 
sobre ellas, formando copos 
de formas todas distintas, 
se encendió un hermoso grupo 
de plateadas nubeciilas; 
de entre ellas salieron rayos 
perdidos entre ellas mismas, 
los átomos encendidos 
brillaron con luz tranquila. 


249 


I 




y de entre todos, besando 
a nubes, rayos y líneas, 
serena se alzó la luna 
con quieta melancolía, 
acariciando a la tierra 
con su luz diáfana y tibia. 

Entonces, como engendrada 
por la luz que la envolvía, 
sentada sobre una loma, 
se vio la forma de una india: 
intangible y transparente, 
casi sin forma distinta, 
era un ensueño de niño, 
un jirón de luz con vida; 
una alma, forma y substancia 
de una niebla que palpita; 
un espíritu sin nombre 
formado por la unión íntima 
de las furias del salvaje 
y de la calma divina. 

Era el ángel transparente 
que el indio libre adoró ; 
rayo de un astro doliente , 
el último ¡ay! inocente 
de una raza que murió . 

Con la frente sobre el pecho 
y la mano en la mejilla, 
modulada la canción 
que entre las sombras latía; 
transparentaba la luz 
su tez pálida y cobriza; 
del fondo de dos abismos 
brotaba su ardiente vista; 
tres plumas sobre su frente 
el viento al pasar agita, 
y un tipoy blanco en jirones 
vela mal sus formas tímidas; 
en su frente chispeaba 
la noble altivez vencida; 
de una esperanza en sus ojos 
aun humeaban las cenizas, 
que un fulgor vago y siniestro 
prestaban a sus pupilas. 

Era el ángel transparente 
que él indio libre adoró , 
rayo de un astro doliente , 
el último ¡ay! inocente 
de una raza que murió . 

Era un misterio encarnado 
entre las selvas indígenas, 
por los amores del cielo 
con una tierra bendita; 
era un ser que condensaba 
toda una raza extinguida: 

250 


las lágrimas de los niños, 
los suspiros de las indias, 
los ayes de los guerreros 
que, combatiendo, caían; 
los aullidos del combate, 
las ramas que el viento agita, 
el silbar de las saetas 
y bolas arrojadizas; 
el golpe de las macanas, 
el bote de lanzas indias, 
el chasquido de los lazos 
que arrebataban las filas, 
el caer de cuerpos muertos 
y alzar de almas redimidas. 

Era el ángel transparente 
que el indio libre adoró, 
rayo de un astro doliente, 
el último ¡ay! inocente 
de una raza que murió . 

III 

De la visión de la loma 
la transparente armonía, 
entre la luz que se apaga 
por grados casi se infiltra; 
se extienden y se dilatan 
de sus contornos las líneas, 
y en su lugar, en la loma, 
una leve nubecilla, 
quedó sólo iluminada 
por las últimas caricias 
del astro que adoró el indio, 
y que ahora sólo se iba 
sin que un aullido charrúa 
culto salvaje le rinda. 

La última crencha de luz 
absorbió a la nubecilla, 
como a una niebla en verano 
una ráfaga disipa, 
se apagó la luz del mundo, 
se ahogó la dulce armonía, 
volvió la sombra a envolver 
los muertos en la campiña. 
Volvió el silencio a reinar 
entre las selvas indígenas, 
y, a lo lejos, en el río, 
en los buques de la orilla, 
se oyó el rodar de cadenas 
de una maniobra marina. 
¡Cadenas! ¡Pobres charrúas! 
¡Ay de la raza vencida! 

¡Cayó una raza inocente! 

¡Sin dar un paso hacia atrás 
dobló la bronceada frente! 
¡Cayó una raza inocente 
para no alzarse jamás! 

1877. 


Notas de un Himno 


TU Y YO 

Perfume de una flor que, al desprenderse, 
ni una hoja de sus pétalos lastima; 
tibio efluvio de luna de verano 
que en el disco plateado se destila; 
calor de una mirada de ternura 
que atraviesa inocente unas pupilas; 
roce de un alma que, buscando otra alma, 
en sí misma sin ruido se desliza: 
ese es tu aliento 
cuando suspiras 

Lágrima que oscilando sobre el alma, 
se evapora al color del dolor mío; 
rumor de oleaje que, en desierta orilla, 
rueda mugiendo entre escarpados riscos; 
ave que huye y, al volar llorando, 
quiebra la rama en que dejó a sus hijos; 
nota que, al desprenderse de una cuerda 
deja al pobre laúd, temblando, herido: 
eso, tan triste, 
son mis suspiros. 

SIEMPREVIVAS 

¡A las flores emblema de la muerte, 
las llaman siemprevivas /... 

¿O será porque el vaho de las tumbas 
sus ya marchitas hojas no marchita? 

Al no poder llorar, ríen los hombres, 
y, al mirarlos pasar, causan envidia. 

/ Siemprevivas ! si el bien tiene su llanto, 
también tiene el dolor su amarga risa. 

VESTALES 

Tomo tus flores secas; pienso y lloro. . . 

Al reclinar en ellas mi cabeza, 

¿por qué siento un almohada de pureza, 
de frescura, de aroma, de ilusión? 

Es que el recuerdo y el tranquilo llanto, 
vestales que custodian los amores, 
dan vida y dan perfumes a las flores 
que la nieve del tiempo marchitó. 

ODIO Y AMOR 

El alma anhela amor: ley es del cielo; 
y anhela aborrecer: ley de la tierra... 

Odio y amor, indefinible anhelo, 
que, del hombre infeliz, la historia encierra. 
Infeliz yo no soy, mas que un desvelo, 
una ilusión mi bienestar destierra. 

¿Amaré a mi verdugo? Tengo miedo. . . 
Odiar a mi ilusión. . . ¡Ah! no, no puedo! 


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Y ella acibara sin piedad mi vida; 
es parte de mi ser que lo destroza; 
gime el alma en sus brazos abatida 
y sufre en el gozar: sufriendo goza. 

No puedo amar esa ilusión mentida, 
si la abandono, el corazón solloza; 
ilusión: sufriré tu amor funesto; 
más sabe que, al amarte, te detesto. 

IMPOSIBLE 

Dejadme recordar; y en ese limbo 
en que agitan sus alas los amores, 
y suspiran insólitos rumores, 
que el alma sabe traducir no más, 
las palmas donde duermen los recuerdos 
abaniquen mi frente soporosa, 
que al beso de su brisa mentirosa 
en un seno de amor se dormirá. 

¡Qué dulce realidad la del recuerdo, 
vaga ilusión que a otra ilusión imita! 

No entiendo el corazón cuando palpita, 
mecido por su aliento celestial. 

¡Y me habla tanto en su lenguaje mudo! 
¿Cuándo lo entenderé? . . . Cuando la vida, 
en mundo de recuerdos convertida, 
de mentiras engendre una verdad! 

LATIDOS 

Es alta noche y mi reloj no calla: 
cuando todo en su paso se detiene, 
sin rumores el mundo y los espacios, 
sólo el tiempo no duerme. 

¡Ah! marca la distancia de la tumba, 
y esta camina y es más corta siempre: 
el compás del reloj jamás dormido, 
es el vivo latido de la muerte! 

ERA TARDE 

Era tarde. De un salmo lejano 
aspiraba el compás religioso; 
e impregnado de su alma inocente, 
lo expiraban más puros sus ojos. 

Las estrellas reían en ellos 
cual de un lago tranquilo en el fondo, 
y pasaban las nubes tan leves 
como dulce visión de un insomnio. 

Quién pudiera infiltrarse en silencio, 
en un salmo de amor cadencioso; 
absorber el perfume de su alma, 
y morir palpitando en sus ojos! 




Desde Melchor Pacheco y Obes a Juan Zorrilla 
de San Martín, esta antología representa cuarenta 
años de ia literatura culta uruguaya y aprisiona 
lo más rescatable del ciclo romántico donde se 
echaron las bases de la lírica nacional y se inició 
la exploración narrativa y folletinesca de la reali- 
dad del país. 




ENCICLOPEDIA 



URUGUAYA 


Copyright Editorial ARCA S. R. L., Colonia 1263, Montevideo. 
Impreso en Uruguay en Impresora Uruguaya Colombino S. A., 
Juncal 1511, Montevideo. Diseño, Artegraf. Edición amparada 
en el Art. 79 de la ley N? 13.349. (Comisión del Papel). 
Noviembre de 1968.